sábado, 8 de septiembre de 2018
Me siento tan imbécil. Tengo unas ganas de llorar ahora mismo. De rabia, de impotencia, de enfado... y sí, de tristeza. Está lloviendo, así que mejor cancelar la excursión a Alcalá de Henares. Y no, no quiero ver Megalodón, ni ninguna película de tiburones, que lo paso muy mal. No hay nada en la cartelera que me llame la atención y que Son no haya visto. No le gusta ninguna alternativa que le doy, pero él no da ninguna, ni yo le presiono para que dé porque soy imbécil. Y, al final, pues que hablamos mañana después de comer si no llueve para dar una vuelta y tomar algo, que realmente es un plan que me gusta mucho más que el cine, pero tengo la sensación de que va a escaquearse. ¿Me libera? Por un lado, me jode porque me gusta. Pero sí, también me libera porque quiero que me deje claro que pasa de mí. Lo sé, soy imbécil, pero no me entero o no me quiero enterar de las indirectas, necesito una buena hostia y ya, si eso, empiezo a obrar en consecuencia y como debería haber hecho desde un primer momento. Lo bueno que tiene que hayamos quedado así es que, por un lado, no me tengo que levantar temprano ni mirar hoy la hora de irme a la cama si me lo estoy pasando bien con Ricardo. Además, el plan me gusta más que el cine y saldrá más barato. Y, por si fuera poco, podríamos hablar, si procede, de lo que él busca en esto o no. De todos modos, será cosa de ver de qué pie se levanta mañana este chico. Si no quedamos, lo que sí que tengo claro es que no le escribiré hasta que no me apetezca invitarle a follar y comer a mi casa durante la semana. No quiero perder el magnífico sexo que tenemos.