viernes, 7 de septiembre de 2018
Supongo que algún día aprenderé a pararme y respirar antes de emocionarme, antes de sentir que el chico que me gusta es el hombre de mi vida y proyectar toda una vida juntos. Es gracioso que mi comportamiento sea tan adolescente a mis 39 años, especialmente porque no me recuerdo así cuando fui adolescente de verdad. Supongo que será porque no tuve una adolescencia que se viera salpicada por asuntos amorosos. Es lo que tiene que no te enamores por primera vez hasta más allá de la veintena. Amor del de verdad, claro. Aunque yo no he tenido nunca muy claro la diferencia entre el amor de verdad y el impulso pasional-hormonal. El primer chico con el que quedé para echar un polvo, de noche en los jardines del Hospital de Navarra, rubio, ojos azules y de cuerpo tremendo; tendría yo 20 años, me provocó tal choque de sentimientos que volví a mi casa completamente enganchado. No me extraña que saliera huyendo y que nunca contestara a mis mil llamadas y mensajes. A intenso me ganan pocos. Lo curioso es que no consideré en ningún momento que estuviera enamorado, sino que me vi enganchado a un chico que me gustó muchísimo. Ahora, en cambio, no distingo los enganches de los enamoramientos. Y tampoco me sale bien el actuar en consecuencia, porque veo claramente que el chico que me gusta no está en la misma sintonía que yo, pero me cuesta la vida cortar ese cordón umbilical de las expectativas. Manda huevos que tenga que ser mi ex, que tanto daño me hizo (y tanta alegría también), el que me recuerde constantemente que debo cerrar la puerta a las expectativas, no esperar absolutamente nada. Pero qué soy yo sino un expectante optimista. Me río de los que me llaman pesimista porque creo que mi vida laboral (y también la sentimental, la verdad) están heridas de muerte y en un desangramiento que es cuestión de meses que acabe bajo un puente. Si yo fuera pesimista de verdad, no soñaría con tantas fuerzas que algo va a ocurrir y que todo volverá a estar en funcionamiento, que tendré un poco de oxígeno en estas 24 horas que me toca vivir cada día y en las que siento, literalmente, que me quedo sin aire cada dos por tres. Creo que es de las peores sensaciones que existen, cuando estás literalmente sin aire, y te das cuenta de que tu cuerpo ha dejado de respirar durante un par de segundos, como si te hubieras hundido en el océano sin haber cogido antes oxígeno para hacer un poco de apnea. No me extraña que tenga el alma rota.