viernes, 7 de septiembre de 2018
El otro día quedé con Antonio. Siempre he admirado la entereza que demuestra durante sus largos periodos de paro. No sé, supongo que la procesión va por dentro y que tendrá sus días malos, sus bajones... pero sabe arreglárselas para que, al menos, desde fuera, no se le note. Otra cosa que hay que admirarle, porque yo no creo que sepa disimular nada bien ninguno de mis sentimientos. Se me nota a la legua cuando me gusta alguien. Lo mismo si me encuentro hecho polvo. Coño, si hasta Trung por videochat tarda un segundo en verme triste, cuando muchas veces ni yo me doy cuenta de que lo estoy, de tan excitado que estoy con el hecho de que esté pudiendo hablar con él. El caso es que acabé bastante satisfecho de mi encuentro con Antonio porque me había propuesto no ser un cuenta penas integral, pasarme toda la conversación aburriéndole con mis problemas de parado y mi caótica vida en general. No es que no se lo contara, pero al menos creo que lo hice desde una perspectiva que no le abrumara ni que le quitara las ganas de volver a quedar conmigo en meses, o hasta que encuentre trabajo, si al final consigo uno. No me gusta dar pena, no quiero dar pena, pero tampoco creo que sea justo conmigo mismo el esconder mis sentimientos y cómo me encuentro. No soy un joker, ni me apetece. Si detesto la hipocresía, empiezo por mí mismo y, lo siento, pero no quiero forzar una sonrisa vacía, porque no valen nada, y porque no necesito aparentar con mis amigos. Me limitaré, si eso, a que no salgan huyendo, aunque de gente que ha huido tengo un máster ya...