viernes, 7 de septiembre de 2018

He solicitado trabajo en la cafetería del Erasé una vez un hotel, el hotel que está a cinco minutos andando de mi casa. Es el que tiene un Panaria como cafetería y al que iba mucho con Luis. Como, a pesar de lo que dicen algunos, soy optimista por naturaleza y me creo que me van a dar todos los trabajos que solicito, lo primero que pensé fue que, de conseguirlo, tendría que decírselo a Luis para que ni de coña fuera a esa cafetería durante los días que yo trabaje allí (se supone que es una oferta para los fines de semana). Por un lado, me jodería que me viera atendiendo mesas o trabajando en una cafetería, aunque lo que realmente me jodería mucho es que apareciera con su actual pareja. No, no tengo ganas de conocer a esa persona. Al menos no hasta que no me considere con una vida plenamente feliz que incluya trabajo y una relación estable. Aquí se juega con las mismas cartas o no se juega, y no tengo ganas de que me lo presenten si tengo que hacerlo como el divorciado que no sabe encontrar una pareja nueva y, mucho menos, un trabajo. De todos modos, si no ocurre el milagro, tampoco sé cuánto tiempo más me quedará en Madrid, así que igual no tengo oportunidad de que me lo presenten y eso que me alegro, oiga. También pensé que, si venía a la cafetería, le intentaría invitar a un croissant o una napolitana de chocolate, así engorda; pero luego me acordé de que le compró merengues a ese otro el mismo día que quedó conmigo y me enciendo hasta el punto de que ni de coña le pienso invitar a nada. ¿Es que no se da cuenta de que ese tipo de gestos me duelen? Sé que no tendrían que dolerme, que da igual que tenga o no pareja, en tanto que no me quiere a mí como tal, pero que le compre merengues, cuando era yo el que se los compraba a él, resulta doloroso.