Últimamente pienso mucho en lo que llamo 'amigo vainilla'. No, no tiene absolutamente nada que ver con el sexo vainilla, pero es una teoría que se inspira en lo mismo: el sabor pusilánime de la vainilla.
El concepto amigo vainilla consiste en ser ese amigo que no cae mal, cuya compañía no molesta, qué sabes que es buena gente y que es agradable, pero que nunca es priorizado, que nunca es elegido y que siempre habrá otro sabor que te pedirás primero.
Justo como el helado de vainilla: un sabor que prácticamente gusta a todo el mundo pero que no levanta ninguna pasión, que te lo pueden poner acompañando a cualquier postre y no te molesta, pero que tampoco lo echas de menos si no lo ponen. En una heladería donde sirven más de 20 sabores de helado, el de vainilla prácticamente está sin tocar.
Y así es como me hacen sentir algunas personas de mi alrededor. Soy ese amigo vainilla que les cae bien, con quien les gusta charlar por chat cuando están aburridos o necesitan desahogarse, pero que no es con el que luego hacen planes o al que le buscan un hueco para verse. Tampoco en quien se fijan para saber si se encuentra bien o no, quizás sin ningún interés en interpretar lo que digo o mi silencio.
Me encantaría poder pagar con la misma indiferencia, pero me enfrento a dos realidades: por un lado, que soy tremendamente bobo cuando se trata de gente que me cae bien o a la que aprecio o de la que quiero ser su amigo. Por otro, que tengo demasiado tiempo libre y muy poco que hacer como para no invertir atención o tiempo en esa gente que, todo se ha dicho, no se portan mal, solo no se portan como yo quiero. O quizás se portan mal, pero al final dan la misma amistad que quieren recibir de mí, independientemente de que yo haya decidido libremente dar más de lo que ellos quieren o hace falta.
Cuando crees que ya has aprendido a no dar tantísimo a cambio de poco o nada, a no desequilibrar las relaciones, la vida me sorprende mostrándome una vez más que sigo tropezando en la misma piedra.